Los que me conocéis desde hace años sabéis que soy de discursos largos… pero hoy solo quiero deciros una cosa muy sencilla. Hace meses decidí tomármelo en serio: escribir a tiempo completo, ser escritora de verdad y, algún día, vivir de ello. En mi cabeza sonaba perfecto. Tenía un calendario precioso y una agenda llena de proyectos. Pero ¿qué ha pasado? Que las fechas me ahogan. Que sentirme atada me corta el aire. Que pensar “tal día tiene que estar listo” me apaga las ganas. Siempre he sido de impulsos. De escribir lo que me nace. De publicar cuando acabo, sin tener una historia dormida meses en un cajón. Y cuando intento forzar el ritmo… se nota. Ya no escribo igual, ya no vibro igual, ya no suena a mí. Así que he tomado una decisión: me salto el calendario. Vuelvo a mi forma natural de trabajar: escribir y publicar cuando la historia está lista. Nada de guardarlas porque “todavía no toca”. Eso sí, con una promesa clara: editaré mejor, reduciré las faltas y no desapareceré durante semanas. ¿Os venís conmigo en esta locura?